Psicoterapia - Desarrollo del Bienestar - Relaciones Humanas

Creemos en las personas y en su capacidad para protagonizar y gestionar sus propios cambios

Artículos

2.- La familia, ¿la fábrica donde damos forma a las alas con las que volamos la vida?

Creo que todos podemos estar de acuerdo que las alas con las que volamos en estos momentos por la vida conservan sus plumas fabricadas en la infancia... El mundo de la persona se remonta como mínimo en un primer momento a la infancia. Desde su concepción ya se va gestando el recipiente donde se formarán esas alas que darán lugar al proceso de interacción de la persona con la vida, con el mundo, con el otro... consigo mismo. 

Cada uno de nosotros se ha ido moldeando internamente en base a una multitud de influencias externas. Es la infancia, la niñez, la más importante en cuanto a la fase donde todo lo que acontece se vive como presente y aquí y ahora. En esa etapa hemos vivido la vida de de manera experiencial, sin poder alcanzar cognitivamente el entendimiento de todo lo que acontecía. Es como cargar el sistema operativo en un ordenador. Se cargan miles de archivos que no sabemos ni siquiera cuales son, pero necesarios para arrancar el programa que instalaremos luego. En ocasiones hay archivos que fueron mal instalados, pero que no hemos podido percibir hasta que no hemos querido instalar un programa determinado.

Podemos ver que es mucho más fácil determinar la dificultad de un niño en familias “disfuncionales” como pueden ser las que se ven afectadas por el alcoholismo o la toxicomanía... pero son muchas más las familias que pueden causar daños en los hijos y en el niño que cada uno de nosotros llevaremos durante el resto de nuestras vidas. ... "En la fábrica de las creencias (que se confeccionan principalmente en la familia) forjas las armas para destruirte a ti mismo o bien diseñas las herramientas con las que construyes mansiones espirituales de alegría, fortaleza y paz" (William James). 

Ya de adultos, buscamos ampliar nuestros vuelos y es ahí donde notamos que nuestras alas, ya no pueden sostener ni grandes alturas, ni grandes distancias. Intentamos descifrar donde se quedó la sensación de plenitud más profunda que representa la naturaleza y el sentimiento universal de inocencia infantil, la sensación de protección, de seguridad, de confianza, de amor... Y escuchamos una voz familiar, la voz del niño/a que intenta llegar a nosotros. 

Muchas veces me pregunto si no nos pasamos una parte de la vida huyendo de ese niño/a y sus experiencias, para después pasar la segunda parte, buscándolo, reconociendo que sin integrar esa parte, no hay suficiente fuerza en las alas para poder alzar el vuelo y recorrer la distancia hacia la libertad del “ser”. Eric Fromn en su libro sobre “el miedo a la libertad” alude a la necesidad del ser humano de su pertenencia e individualización y es en esa dicotomía donde quizás podemos ver muchas de las situaciones que nos encontramos en cuanto a la relación con el otro. Uno no puede ser libre si hay una parte que anda perdida, escondida, sin ser atendida ni antes (por sus padres) ni ahora (por uno mismo). Esa parte es nuestro niño/a, que aún a oscuras, ha veces olvidado, anda con nosotros. Muy posiblemente la libertad individual y la libertad de pertenencia, lleve a la libertad de formar parte y de ser.

A través del trabajo interno uno accede al conocimiento externo y viceversa y así descubre en este tema que hoy nos lleva, que la motivación de poder, de éxito y de afiliación (afecto) se encuentra gestada en la infancia a través de nuestros progenitores (Winterbottom, McClelland). Sin embargo, a la mayoría, no se nos ocurre ya de adultos mirarla ahí. Se dice que una de las diferencias entre la niñez y la adolescencia es que en esta última cuando introducimos el concepto de “futuro” (Piaget) en nuestra estructura cognitiva, pero de nuevo no revisamos que visión de futuro teníamos en esos momentos y que dice de nosotros ahora. Con estos dos apuntes podemos hacernos una idea de la importancia y el peso que tiene la familia, la educación y la sociedad en cuanto a los ingredientes o recursos que ponemos delante de estos niños y adolescentes que van a crear “su futuro individual” y van a formar parte de la creación del futuro de las sociedades venideras.

Así hacemos una mirada ciega y desenfocada de forma general en el transcurrir de la infancia y adolescencia de nuestros hijos (no conscientemente), muy posiblemente porque en esa etapa hay una responsabilidad de los adultos hacia aquellos que se están formando, y en ocasiones no es fácil. Mirar eso, significa asumir que una parte de los resultados, serán producidos por nuestras actuaciones hacia ellos y eso, en una gran parte, nos deja indefensos y conectados con nuestra parte de niño/a que tampoco fue atendido. Así de esta manera, seguimos repitiendo más de lo mismo, anhelando que alguien se haga cargo de aquello que nosotros no podemos. Simplemente no miramos su infancia, porque mirar la suya, significa mirar la nuestra, y en ocasiones eso puede comportar dolor y tristeza. No podemos reconocer su adolescencia, porque en muchas ocasiones ni siquiera entendimos la nuestra. 

Cada etapa vivida, infancia, la adolescencia, la juventud… marca la pauta para la siguiente, y nos explica una historia. Solo cuando somos capaces de releer de nuevo cada capítulo, podemos entender nuestra carta de vuelo y ajustar esas alas para el vuelo siguiente, y no menos importante, ayudarles a los que están en las etapas anteriores a perfeccionar el suyo. Y esa es también nuestra responsabilidad.
Gracias.