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Psicoterapia - Desarrollo del Bienestar y  Relaciones Humanas

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A vueltas sobre la mediación. Resolución de conflictos I

Con frecuencia, y muchísimo más durante fiestas navideñas, las discusiones familiares con parientes a quienes nos vemos obligados a soportar exacerban nuestros peores instintos , nos irritan, nos exasperan y nos sumen en pesadillas dolorosas cuyo resultado, formateado ya durante todo el año el espacio en nuestro propio disco para el almacenamiento del horror por el vínculo sanguíneo, no hace más que multiplicarse cuando se mezcla con tanto alcohol.

Ese yerno insufrible, inútil , taciturno, que jamás le llegará ni siquiera a la suela del zapato al príncipe/yuppie/funcionario que soñábamos para nuestra niña; ese tío solterón, borrachín, infeliz, pesado, que se cree gracioso incluso ante su propia y santa esposa, nuestra tía, y se crece frente a un público tan educado como incapaz de lanzarle toda la fruta dispuesta en el aparador; esa adolescente irreverente, recién levantada de la resaca del día anterior, convencida de su originalidad porque atiborra su piel de percings y tatuajes, como si Sócrates o su propia abuela no hubieran tenido jamás la indeterminada edad de quince años. 

Personas y personajes que desfilan ante nuestros enturbiados ojos para devolvernos, ese día sí, lo peor de nuestras existencias. Una visión más amarga si se trata de la propia pareja, a quien ya nos ha costado soportar a lo largo de todo el año. 

No somos mejores que ellos, pero ya no nos gustan. Tomamos la decisión o la estamos meditando - ! esta vida no me gusta!, te lo digo yo - y , aún sin resolver, trasladamos el enunciado de un problema al malnacido mes de enero para que allí se vaya larvando y acabe donde tenga que acabar.

El comienzo de un nuevo año nos sumirá, irremisiblemente, en una leve cabezada listando nobles - o innobles- propósitos. Ni siquiera es ya un sueño. Hundidos, abatidos, bajo tierra, todos los deseos del año acaban en dejar de fumar o adelgazarnos, cuando, en realidad, lo que quieren decirnos es que abandonemos relaciones tóxicas o que soltemos lastre de nuestras vidas para volar mucho más libres, mucho más alto o mucho más lejos. Y nos convirtamos, así, en atletas de las relaciones humanas, ejercicio que exige entrenamiento y tomar decisiones previas para llegar, a través de una pista jalonada de obstáculos, adonde siempre quisimos llegar sin dar tantas vueltas.

Un objetivo éste que requiere dejarnos asesorar, ya sea por un entrenador de habilidades personales - el llamado coach - o por un profesional de la psicología cuyo cometido será ir poniendo luz en caminos sobrecargados de oscuridad.

Pero antes, antes que todo esto suceda, hay conflicto. Y ante el conflicto, tres soluciones: huir y evitarlo antes de que suceda, esconderse y no verlo aunque exista - como hace el avestruz - o enfrentarlo, a ser posible sin embestirlo.

Admitir que hay un conflicto es un primer paso. Estar convencido de que tiene solución, aunque la solución nos guste poco, es lo siguiente. Si admitimos que la solución planteada es mejor que la situación de conflicto de la que partimos, avanzamos un poco más. La resolución de problemas - problem solving - parte de la perogrullada según la cual si algo no tiene solución, no es un problema. Es otra cosa. Evidente : la muerte no es un problema. Trivial también : la vida sí puede ser un problema puesto que tiene múltiples soluciones, múltiples interpretaciones.

Depositar una parte - sólo una parte - de nuestra confianza en un tercero, profesional del asunto, para que pondere, equilibre, facilite , tienda puentes y ponga luz ,con el único propósito de hallar soluciones - las que sean - a problemas, al sufrimiento en fin, es una herramienta que , sin duda, acabará mitigando la acumulación de expedientes en los juzgados porque las personas aprenderán a solventar sus diferencias sin necesidad de judicializarlas todas. 


David Alemany Guillamón



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